Todos deseamos salir bien parados de cualquier discusión por pequeña que sea, sin embargo, mal gestionada puede traer consecuencias negativas aunque también positivas si se resuelve con habilidad y sentido positivo. Un conflicto bien resuelto desde el aprendizaje personal, es una oportunidad para crecer y tener más perspectivas.
Conflictos que vemos y vivimos todos los días especialmente en nuestras formaciones con técnicas teatrales, cuando los participantes nos cuentan sus experiencias.Por ejemplo, en reuniones estratégicas donde las propuestas que se presentan no siempre hay consenso entre los presentes (consejos con 15 personas, no es sano!).
En muchas de estas reuniones en las empresas y también en muchas relaciones, la discrepancia no solo no es bienvenida, sino que es temida (¡lastima la falta de coraje y humildad!). Nos cuentan que hay personas discretas que no presentan la más mínima objeción aunque sus caras digan lo contrario. ¿Cuántas veces habéis oído aquello, el jefe siempre tiene razón?. Desafortunadamente estas personas (casi siempre veteranos) lo viven como un factor de potencial desestabilizador del grupo o de la relación, y evitan siempre que se puede el conflicto. Miedo al fin y al cabo (comprensible aunque inadmisible por falta de integridad).
Sin embargo nosotros en Di Towanda no la entendemos como peligrosa sino más bien al contrario. Entendemos que es necesario escuchar a todas las partes sin la necesidad de enfrentarnos en lo personal. Tenemos claro que es mejor discrepar y ver las perspectivas sin llegar a resolverla, que resolver la cuestión por narices sin debatirlo eficazmente. Es más, no creo en el valor de estar todos de acuerdo a la primera porque estimo que hay un valor enorme, sobre todo emocional en la discrepancia (a veces se discrepa por detrás).
Concretamente Toni y yo como responsables de Di Towanda nos permitimos cuestionarnos muchísimo, para qué hacemos lo que hacemos en formación, como vía para explorar nuevos caminos y resolver los viejos problemas mentales de quedarse en lo bueno conocido. Entendemos y llegamos a la conclusión que lo que nos hace crecer, es hablar proactivamente entre nosotros como equipo, de metodologías, personas, comportamientos y conductas para crecer intelectualmente a nivel individual y colectivo. Funciona!.
Entonces ¿Por qué tantas veces la tememos o la evitamos?. Una y otra vez me arriesgaré a decir que es uno mismo quien se defiende de sus miedos (de entrar en conflicto) y no tanto del tema de discusión. Algunas veces hemos escrito que nuestras reacciones emocionales nos hacen caer en discusiones no por el desacuerdo sino por cómo lo ha dicho el otro.
Para que el conflicto no entre en erupción, es importante darse cuenta de la importancia de no emitir juicios personales, ni atacar verbalmente al otro porque si no la guerra está servida. Una cosa es la primera impresión (información) y otra es juzgar sin saber si nuestro juicio es cierto. Por experiencia en nuestras relaciones cuando alguien levanta la voz con ataques personales y falta de respeto puede perder hasta la razón por falta de saber expresar qué y cómo te sientes. Luego vienen los arrepentimientos sinceros o de miedo a perder relaciones.
Así pues la clave está en el impacto emocional de nuestras actitudes que se traducen en palabras (hay palabras hirientes que también tiene lo suyo). No es el desacuerdo lo que nos hace discutir. Es el sentirnos ofendidos, atacados, menospreciados, o cualquier otro sentimiento que se desprenda de la manera en que nos hablan.
Por ello discrepa, salta desde el corazón, sé noble y comparte con los demás además de dejarte influenciar por los pensamientos de los demás, quizá descubras un tesoro. La semana continuaremos con la segunda parte de este interesante con el complemento de vuestros comentarios que espero sean abundantes. ¡Dos no discuten, si uno no quiere!





